15.7.07

LA CALLE


-¿A dónde vamos?

Era ya bien entrada la noche, y al principio creí que caminábamos sin rumbo fijo por la ciudad, tal y como hacíamos casi siempre. Entonces me di cuenta de que él, sí tenía bien claro a donde iba.

Supongo que lo noté por su forma algo apresurada de andar... no... Fue la expresión decidida de su rostro. Su expresión decía claramente: “ven, quiero mostrarte algo”. En cambio, no abrió la boca, pero supe que era importante, e incluso puede que hubiera estado esperando toda la noche para mostrármelo.
Caminamos durante unos quince minutos, y entonces se detuvo en un callejón, lo cual me pareció de lo más extraño. El sitio no era muy peculiar, probablemente pasaba por allí casi cada día. De hecho era una larga, estrecha y empinada calleja que durante el día se llenaba de automóviles. El ajetreo era inmenso entonces, pero ahora el silencio de la noche le daba descanso.
Estábamos detenidos cerca de un edificio antiguo, uno importante en la ciudad, un juzgado. Desconozco qué función habría cumplido antes, pero la fachada estilo rococó, recargada en toda clase de figuras arquitectónicas, y la estatua de un santo sobre la gran puerta no era lo que se esperaría de un juzgado. No, el lugar debió ser algún centro religioso alguna vez. Era un edificio hermoso, sin embargo la estrechez de la calle apenas permitía dar un paso atrás para admirarlo.

-Bueno, ¿qué?

Es lo único que se me ocurrió preguntarle.

-Espera.

En el silencio de la noche, algo más me llamó la atención. Podía escucharse con toda claridad un zumbido eléctrico que emitía el portero automático de un edificio frente al juzgado. Me preguntaba si es que alguien se había dejado el interfono descolgado al otro lado. Me acerqué a la puerta de aquel edificio. El zumbido era intenso, pero quise sentarme cerca. Sin saber bien qué iba buscando, se me ocurrió que quería escuchar aquel sonido con toda claridad. Él se sentó a mi lado. Ahora su expresión era solemne, algo triste, como si cargara con algo que nadie más que él podía sostener. Miré de nuevo a la fachada del edificio. Pese a la oscuridad pude ver el negror de aquella piedra centenaria, sucia por el monóxido que expulsaban los tubos de escape durante el día. Y las manchas de moho y los excrementos de paloma tampoco mejoraban su aspecto.

-¿Lo ves? – Me preguntó.
-Creo que sí.

Pero en ese momento no lo había visto aún. Tuvieron que pasar algunos minutos y entonces lo sentí, pues no se trataba de verlo, sino de percibirlo. Y no se trataba de nada concreto, sino algo que estaba “diluido” en el lugar, igual que si diluyeras arena en un vaso de agua. De repente entendí aquel zumbido, y la inquietud que me atezaba por saber quién estaba al otro lado, y la oscuridad de la piedra, el silencio más allá del zumbido y en las grietas. Y también la aspereza del asfalto, y la frialdad del escalón en el que estaba sentado. Incluso los olores, y la humedad. Porque todas esas cosas eran palabras, palabras de un idioma antiguo y secreto, un idioma que no hablaba ni decía, un idioma que sólo transmitía. Y las lágrimas comenzaron a brotar por mi rostro porque así ellas también estaban transmitiendo el mismo mensaje, así ellas también cantaban la misma canción, y porque así supe que al otro lado del interfono hacía ya años que no quedaba nadie, y que a las piedras del lugar no les quedaba ya más tiempo para poder ofrecerse al tiempo. Mi corazón se había quebrado.

-¿Lo ves? – volvió a preguntarme.

Tuve que reprimir un sollozo. Sólo me levanté y me marché del lugar sin mirar atrás. Él me siguió calle abajo. Bajar la calle ahora me estaba provocando un leve mareo, como un vértigo. El mensaje no había cesado, comprobé que la calle no sólo estaba apenada, estaba llena de ira y dolor.

Desde aquella noche, nunca camino solo por aquella calle. Sólo a veces recorro aquel callejón con mi automóvil, y aún desde allí puedo oír claramente como el paso de éste por el lugar resuena de esa manera ensordecedora, que se me antoja casi innatural, como de rueda de molino que gira, o como un rechinar de dientes, y sé que si me dispusiera a percibir de nuevo aquello que se halla “diluido” en ese eco, probablemente terminaría gritando.
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Sobre mí

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Siempre he estado interesado en la comunicación y en las relaciones sociales, así que en 2001 comencé estudios universitarios de Psicología en Jaén y Nancy (Francia). En 2007 decidí emprender una nueva trayectoria profesional en el mundo de la comunicación y ventas. Simultaneé mi primer empleo como Agente Comercial con estudios de Comercio y Marketing. Desde entonces he dedicado mi tiempo profesional a desarrollar mis cualidades en este sector, especializándome en TIC, y en Marketing 2.0. Hoy por hoy, establecido en la hermosa Córdoba, he encontrado en el intercambio comercial mi verdadera vocación.

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